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Una cuestión que muchos de ustedes se habrán planteado en alguna ocasión. Si no lo han hecho aún, lo harán.

Cuando se piensa en este tema, es por uno de los dos motivos siguientes: necesidad o previsión. Los sentimientos en ambos escenarios son bien distintos. En el primero de ellos, la tristeza, la impotencia o la rabia son sensaciones típicas. En el otro, aflora el miedo, la generosidad o la tranquilidad.

Muchas son las cuestiones que uno se pregunta en este tipo de situaciones: cómo, cuándo, a quién… Le recomiendo que persiga el sentido común y, sobretodo, su autosatisfacción. A la primera pregunta le respondo enseguida: utilice una herramienta muy poderosa, «el contraste»; pregunte, observe, escuche, hable con mucha gente y si, pese a ello, no le queda claro, rodéese de profesionales de la materia que le asesoren al respecto. No será un gasto en balde sino una inversión, pues le ahorrará dinero y lo que es más importante, preocupaciones. Ante la segunda cuestión, le diré que las prisas nunca son buenas consejeras; si no es por necesidad, nunca habrá un momento idóneo así que si lo tiene claro, piénselo muy bien y una vez lo tenga decidido, hágalo, échese adelante y se quitará un peso de encima. Respecto al quién, lamento comunicarle que, al igual que ocurre en los procesos de selección de personal, no existe un candidato perfecto sino candidatos más apropiados que otros. Pensándolo bien, ¿en base a qué criterios elegiría a la persona adecuada? ¿Le convence más un sucesor con experiencia en el sector? ¿quizás, sería mejor opción un sucesor con muy buena formación técnica y académica? ¿quizás lo mejor sea la suma de los dos anteriores? O, más bien está pensando en otros criterios cómo la afinidad o la equidad entre potenciales sucesores fraternales entre sí. No me parecen mal estos últimos criterios pero no olvide el dicho de las tres generaciones: la primera genera el negocio, la segunda lo consume y la tercera lo termina de hundir. Algo de verdad tiene. En otras palabras, no permita que el corazón anule su sistema racional. Si vive para verlo, sufrirá por ello.

Por otro lado, me pregunto si le aterra la idea del «día después». ¿Realmente se habrá «jubilado»? Me temo que, al menos, al principio no. Primero, porque como decía un gran sabio «el caldo de gallina y un poco de desconfianza nunca han hecho mal a nadie». Segundo, por la propia naturaleza humana: cuando se dedica decenas de años a un hijo, a un amigo o a una empresa, es prácticamente imposible cambiar trescientos sesenta grados el rumbo del trasatlántico.

Le recomiendo lo siguiente: tome la decisión que tome, siéntase orgulloso de aquello que ha cultivado durante tanto tiempo. Si se siente así, habrá seguido un buen camino y habrá merecido la pena.

Patricio Gonzalez Bueno

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